—Alejandro, tengo una pregunta.
—Dime, princesa.
—¿Cómo se llama un señor que no es tu papá, pero te cuida, viene a tus festivales y sabe jugar a los dinosaurios?
Valeria dejó de comer.
Alejandro se agachó junto a la niña.
—Puedes llamarlo como tú quieras.
Sofía pensó unos segundos.
—¿Puedo decirte papá?
Los ojos de Alejandro se llenaron de lágrimas.
—Si tú quieres, sería un honor.
Sofía lo abrazó.
—Entonces eres mi papá Alejandro. Pero los sábados seguimos jugando a los dinosaurios.
—Trato hecho.
Valeria observó la escena, comprendiendo que ninguna fortuna podía comprar aquel momento.
Un año después, cuando inauguraron la primera torre residencial, Ricardo Mendoza apareció inesperadamente.
Se acercó a Valeria delante de su hijo.
—Señorita López, le debo una disculpa.
Ella lo miró con tranquilidad.
—Lo escucho.
—La juzgué por su trabajo y por su situación económica. Me equivoqué. Usted le ha enseñado a Alejandro algo que yo nunca supe enseñarle.