Sin embargo, llevaba siete años viviendo solo.
Dos semanas antes de su boda, su prometida Camila lo había abandonado por uno de sus mejores amigos. Desde entonces, Alejandro decidió que jamás volvería a confiar su felicidad a otra persona.
Su padre, Ricardo Mendoza, había reforzado aquella decisión.
—Las mujeres van y vienen, hijo. Lo único que permanece son los negocios.
Alejandro había crecido escuchando frases semejantes. Su madre murió cuando él era joven y su padre nunca supo demostrar cariño sin exigir algo a cambio.
Una mañana llegó inesperadamente a supervisar la construcción de su proyecto más ambicioso.
Entre decenas de trabajadores llamó su atención una mujer de cabello oscuro que acomodaba varillas bajo el sol.
Llevaba botas desgastadas, un casco amarillo y las manos cubiertas de polvo. Aunque algunos compañeros descansaban, ella continuaba trabajando con una concentración impresionante.