“Ninguna mujer ha logrado conquistar a mi hijo en siete años, y mucho menos lo hará una obrera con una niña”, me dijo su padre antes de ofrecerme dos millones de pesos. Yo había conocido a aquel millonario frío mientras trabajaba horas extras para sobrevivir. En lugar de aceptar el cheque, pagué mi café y me marché. Pero una noche de tormenta, un secreto escondido entre mis apuntes puso varias vidas en peligro.

Era precisamente el soporte que había reportado.

A unos metros, don Arturo y dos trabajadores jóvenes recogían herramientas.

Valeria sintió que se le helaba la sangre.

—¡Arturo, salgan de ahí! ¡Ahora mismo!

El maestro de obra levantó la cabeza.

—¿Qué sucede?

—¡El apuntalamiento está cediendo!

Los muchachos corrieron hacia las escaleras.

Arturo intentó recoger una caja.

Valeria regresó por él.

—¡Deje eso! ¡Su vida vale más!

Lo sujetó del chaleco y lo condujo fuera de la zona peligrosa.

Apenas alcanzaron el descanso de la escalera cuando escucharon un estruendo.

Uno de los puntales se venció y arrastró dos soportes vecinos. Parte del sistema de cimbra y apuntalamiento cayó violentamente sobre el área que acababan de abandonar.

El ruido sacudió toda la construcción.

Arturo quedó sentado contra una pared, respirando con dificultad.

—Si no hubieras venido… —murmuró.

Valeria no pudo responder.

Abajo, Alejandro había escuchado el estruendo desde la oficina provisional.

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