Cuando llegamos, las llamas ya consumían parte del techo.
Los trabajadores intentaban sacar a los animales mientras el fuego avanzaba peligrosamente hacia el granero.
Mateo se lanzó a ayudar.
Yo corrí hacia el pozo con varios cubos.
Julián organizó a los peones.
Después de casi una hora conseguimos controlar el incendio.
Pero junto a la cerca encontramos algo que nos dejó sin palabras.
Una botella rota.
Trapos impregnados de combustible.
Y una nota clavada en un poste.
Mateo la arrancó.
Solo tenía una frase.
Devuelve los documentos o la próxima vez arderá la casa.
Julián reconoció inmediatamente la letra.
Su rostro perdió todo el color.
—No puede ser…
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me miró con los ojos llenos de horror.
—Esa letra no es de mi padre.
Mateo apretó la nota.
—Entonces, ¿de quién?
Julián tardó varios segundos en responder.
—De tu padre, Lucía.