Nathan guardó silencio.
Luego dijo algo inesperado.
—Rebecca también se quejaba de un olor extraño.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Su esposa?
Asintió.
—Meses antes de morir. Decía que alguien entraba en la casa cuando yo estaba fuera.
—¿Se lo contó a alguien?
—A Reeves.
Lo miré fijamente.
Nathan continuó:
—Él aseguró que Rebecca sufría ansiedad.
En ese instante, la señora Bennett dejó caer una taza.
La porcelana se hizo pedazos.
—Señora Bennett —pregunté suavemente—, ¿qué ocurre?
La mujer comenzó a llorar.
—La señora Rebecca me dejó algo antes del accidente.
Nathan se puso de pie.
—¿Qué cosa?
—Una llave. Me pidió que se la entregara si alguna vez alguien descubría lo que estaba pasando con los niños.
Sacó una pequeña llave dorada del bolsillo de su delantal.
—Tuve miedo, señor. El doctor Reeves dijo que me despedirían si hablaba de las sospechas de Rebecca.