Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

Una oficina pequeña. Una mesa de madera. Dos carpetas abiertas. Un sello de notaría a un lado.

Mauricio estaba sentado frente a la cámara.

Mi mamá, Teresa, permanecía de pie junto a él.

Pero ninguno de los dos fue quien me dejó sin aire.

La puerta se abrió.

Y entró Federico Salgado.

—No puede ser… —murmuré.

Federico había sido nuestro contador durante casi ocho años.

Había llevado las declaraciones del pequeño negocio de distribución que Laura y yo levantamos desde cero en Querétaro. Conocía nuestras cuentas, nuestros proveedores, los créditos que habíamos terminado de pagar y hasta los meses en que tuvimos que apretarnos el cinturón para cubrir la nómina.

Cuando me asignaron fuera, él mismo me había dicho:

—Vete tranquilo, Andrés. Aquí cuidamos todo.

Ahora estaba sentado frente a mi hermano.

Subí el volumen.

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