Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

—¿Y Laura? —pregunté—. ¿Qué culpa tenía ella?

Teresa apartó la mirada.

—Se puso en medio.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Sal de mi casa.

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Tú y Mauricio. Hoy.

Entonces escuché un aplauso detrás de mí.

Mauricio estaba en las escaleras.

—Qué dramático.

Bajó lentamente.

—¿De verdad crees que puedes corrernos y ya?

—Sí.

Mauricio sonrió.

—Entonces todavía no sabes nada.

Sacó una carpeta.

—La casa ya no es solamente tuya.

Mi mamá lo miró.

—Mauricio, cállate.

—No. Ya estuvo bueno.

Dejó varios documentos sobre la mesa.

—Pregúntale a mamá.

Tomé la carpeta.

Había un documento relacionado con la propiedad.

Mi nombre aparecía.

También el de Laura.

Y una referencia a una obligación por una cantidad enorme.

—¿Qué es esto?

Mauricio sonrió.

—La razón por la que no puedes echarnos tan fácilmente.

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