Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

—Que espere.

—Dice que si no le pagamos antes del viernes, nos deja solos.

Mi mamá respondió:

—Entonces habrá que vender algo rápido.

Hubo un silencio.

Después escuché tres palabras:

—El terreno de Juriquilla.

Sentí un escalofrío.

Mi padre había comprado ese terreno años antes de morir.

Después de arreglar la sucesión, una parte había quedado a mi nombre.

Yo jamás había autorizado venderlo.

Al día siguiente llamé a Natalia.

—Hay otro bien.

Ella guardó silencio.

—Ven inmediatamente.

Cuando llegué, ya había pedido información documental disponible.

Me mostró una copia.

Alguien había preparado un poder donde supuestamente yo facultaba a mi madre para realizar ciertos actos relacionados con mis bienes.

—Yo nunca firmé eso.

—Lo imaginé.

—¿Pueden vender el terreno?

—Vamos a actuar para impedir que una operación cuestionada avance, pero necesito que hagas exactamente lo que te diga.

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