Volví a casa después de seis meses fuera por una comisión militar y esperaba que mi esposa corriera a abrazarme.

Natalia tomó su teléfono.

—Necesitamos al banco, un perito si las firmas son desconocidas y toda la información disponible sobre esas operaciones.

—¿Y Federico?

—No lo llames.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabe cuánto sabes.

Tenía razón.

Regresé a casa esa tarde.

Mauricio estaba esperándome.

—¿Dónde andabas?

Me quité la chamarra lentamente.

—Haciendo trámites.

—¿Qué trámites?

Lo miré.

—¿Desde cuándo tengo que reportarte mis movimientos?

Sonrió.

—Tranquilo, hermano. Era pregunta.

Pero ya estaba nervioso.

Esa noche escuché voces en la cocina.

Mi mamá y Mauricio discutían en susurros.

Me quedé detrás de la puerta.

—Te dije que no iba a tardar en darse cuenta —decía Mauricio.

—Laura no va a hablar.

—¿Cómo sabes?

—Porque tiene miedo.

Tuve que cerrar los puños.

Entonces Mauricio dijo algo que cambió todo.

—Federico quiere el resto del dinero.

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