Exactamente la cantidad que mis padres me habían pedido.
—Entonces sí existe un faltante.
—Sí. Pero ésa es solamente una parte.
Sacó otro documento.
Daniela Ríos, la joven del hospital, trabajaba en el área de contabilidad de la misma empresa.
Había empezado a detectar inconsistencias.
—¿Ella descubrió lo que hacía Fernanda?
—Eso parece.
Sentí un escalofrío.
—¿Me estás diciendo que Fernanda la atropelló para callarla?
—No podemos afirmar eso.
Su respuesta me devolvió algo de claridad.
Tenía razón.
Una sospecha no era una prueba.
—Lo que sí sabemos —continuó— es que Daniela había solicitado una reunión con la dirección financiera. Y el accidente ocurrió antes de que pudiera entregar formalmente todo lo que había reunido.
—¿Fernanda sabía de esa reunión?
—Probablemente. Pero hay que demostrarlo.
Me levanté.
Durante diecinueve años había imaginado muchas veces qué sentiría si algún día mis padres necesitaran de mí.