Cuando desperté de la cirugía, lloré preguntando por mi mamá.
Beatriz llegó mucho después.
No me abrazó.
Se quedó mirando el espacio vacío bajo la sábana y preguntó:
—¿Y ahora qué vamos a hacer contigo?
Nunca olvidé esa frase.
Desde entonces, Fernanda se convirtió en la hija que mis padres presumían y yo en el problema que preferían esconder.
Para ella había clases, viajes, ropa nueva y fiestas.
Para mí, hasta conseguir una prótesis adecuada parecía “un gasto innecesario”.
Cuando llegaban visitas, mi madre me pedía quedarme arriba.
—No queremos preguntas incómodas.
A los dieciséis años todo terminó.
Durante una reunión familiar, una de mis muletas resbaló y tiré accidentalmente una copa sobre una alfombra blanca que mi padre adoraba.
Ni siquiera preguntó si me había lastimado.
Fue por una bolsa negra, me la aventó y dijo: