—No. Es que… necesito entender.
—¿Entender qué, Daniel? ¿Cómo nacieron tus hijos? ¿Cómo aprendieron a caminar? ¿Cómo celebraron su primer cumpleaños sin ti? ¿O cómo tuve que explicarles que su padre no venía porque había decidido marcharse?
Daniel bajó la cabeza.
Por primera vez, no tenía ninguna excusa.
Entonces Roberto sacó un sobre blanco del interior de la carpeta.
En el frente estaba escrito mi nombre.
Mariana Torres.
Reconocí inmediatamente mi letra.
Era la misma que había utilizado ocho años atrás para escribirle a Daniel una carta que acompañaba los resultados de una prueba de ADN.
Una carta que yo había enviado por mensajería certificada.
Una carta que, según el seguimiento, había sido recibida en la antigua residencia de los Ramírez.
Me temblaron las manos.
—¿Dónde encontraste esto?
Roberto miró a su esposa.