—Mariana, te juro que no sabía nada de esto.
No le respondí.
Ya había escuchado demasiadas promesas.
Tomé los abrigos de mis hijos y nos dirigimos hacia la puerta.
Detrás de nosotros, Daniel pronunció mi nombre.
Me detuve, pero no me volví.
—No voy a pedirte que regreses conmigo —dijo—. Ni que me perdones hoy. Solo quiero una oportunidad para conocer a mis hijos, si algún día ellos quieren conocerme.
Miré a Noah, Emiliano, Sofía y Valentina.
La decisión ya no me pertenecía únicamente a mí.
—Eso tendrás que ganártelo —respondí—. Con hechos. No con palabras.
Salimos de aquella casa mientras la nieve artificial de los adornos navideños brillaba bajo las luces del jardín.
En el automóvil, ninguno habló durante varios minutos.
Hasta que Valentina preguntó:
—Mamá, ¿papá es malo?
Respiré profundamente antes de contestar.
—Papá tomó decisiones que nos hicieron mucho daño. Pero ustedes no tienen que decidir hoy qué sienten por él. Pueden estar tristes, enfadados, tener curiosidad o no querer verlo. Todo eso está bien.