Después me reveló algo más.
El jet que utilizaría para viajar pertenecía a la empresa familiar de los Whitmore.
Mi madre había sido accionista.
Y yo acababa de ser reconocida legalmente como beneficiaria de los derechos patrimoniales que ella conservaba fuera del fideicomiso administrado por Harlon.
No era un regalo improvisado.
Era parte de una herencia que nadie se había molestado en explicarme.
Cuando el avión aterrizó en Savannah, un automóvil me llevó directamente a casa de mi abuela.
Ella me esperaba en la entrada.
Tenía noventa años, el cabello completamente blanco y una mirada que seguía siendo capaz de intimidar a cualquier ejecutivo.
Me abrazó.
—Tienes los ojos de Coraline.
No pude evitar llorar.
—Abuela, ¿por qué esperaste tanto?
Me sostuvo el rostro entre las manos.
—Porque quería estar segura antes de acusar al hombre que te crió. Y porque cometí el error de pensar que protegerte significaba resolverlo sin involucrarte.