—Tu madre habría estado muy orgullosa de ti —dijo.
Me senté junto a ella.
—Abuela, ¿por qué no me diste las pruebas cuando cumplí veintiún años?
Eleanor suspiró.
—Porque entonces todavía no podía demostrar el destino de muchos retiros. Había registros incompletos y empresas que ya no existían. Pero debí contarte lo que sospechaba.
—Sí, debiste hacerlo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lo sé.
Por primera vez entendí que incluso las personas que me amaban habían cometido errores intentando protegerme.
Mi abuela tomó mi mano.
—La transferencia de acciones no es una recompensa por lo que sufriste, Marlo. Es una decisión que tomé porque confío en ti. Y porque quiero que tengas independencia para elegir tu propio futuro.
—¿Y el dinero de mamá?
—Eso es un asunto separado. Tu abogada y tú decidirán cómo reclamarlo.
Durante los meses siguientes, mi vida cambió de una manera que nunca habría imaginado.