Nos quedamos así un rato, mientras la música sonaba a nuestro alrededor.
Y comprendí que aquella boda me había regalado algo más que un recuerdo hermoso.
Me había devuelto una parte de mí que llevaba años escondiendo.
La certeza de que mi vida, aunque sencilla, tenía valor.
Al final de la noche, Marco me acompañó hasta el coche de un familiar que me llevaría a casa.
Antes de despedirse, me miró con una sonrisa.
—Mamá, ¿puedo pedirte algo?
—Lo que quieras, hijo.
—Guarda ese vestido. No quiero que vuelvas a pensar que tienes que esconderlo.
Bajé la mirada hacia la tela verde.
Había pasado tantas horas preocupándome por sus costuras, por el color desvaído y por los años que llevaba guardado que casi había olvidado todo lo que representaba.
—Lo guardaré —le prometí.
Me besó la frente.
—Y la próxima vez que tengamos una celebración, no vas a sentarte al fondo.