Una semana dejó de aparecer.
Después supe que había sufrido un accidente y que su familia estaba pasando por dificultades.
No éramos amigas íntimas.
No teníamos dinero para prestarnos.
Pero yo sabía lo que significaba estar enferma y no poder trabajar.
Así que empecé a llevarle verduras.
Unas zanahorias.
Unos tomates.
Unas patatas.
Lo que pudiera apartar sin dejar a mi hijo sin comida.
Cuando Patricia insistía en pagarme, yo respondía lo mismo:
—Hoy te ayudo yo. Otro día, cuando puedas, ayudarás a alguien más.
Una tarde, Isabel estaba especialmente triste.
Yo llevaba puesto aquel vestido verde porque había tenido que ir a una consulta médica antes de abrir mi puesto.
Se sentó junto a la ventana y me dijo:
—Teresa, algún día quiero que mi sobrina crezca sabiendo que todavía hay personas buenas en el mundo.