Yo apenas podía respirar.
Recordé aquellas mañanas.
Recordé a una joven sentada en una silla junto a la ventana de una pequeña casa, con una pierna inmovilizada y lágrimas de frustración porque no podía trabajar.
Recordé a su hermana mayor, una mujer agotada que llegaba del hospital con el rostro pálido.
Y recordé haber llevado bolsas de verduras, huevos y pan, porque sabía lo que era no tener suficiente comida para una familia.
Pero nunca había sabido sus apellidos.
Nunca había imaginado que aquella pequeña ayuda pudiera seguir viva en la memoria de alguien tantos años después.
—¿Tu tía se llamaba Isabel? —pregunté.
Lara asintió.
—Isabel Ramírez.
Me tapé la boca.
—La recuerdo.
La madre de Lara comenzó a caminar hacia nosotras.
—¿Teresa Álvarez? —preguntó, casi sin voz.
La miré.
—Sí, señora.
Ella rompió a llorar.