—Estamos recuperando la propiedad de mi suegro.
Eleanor abrió su portafolio.
—¿En virtud de qué documento?
Papá frunció el ceño.
—Somos su familia.
—Eso no responde mi pregunta.
Mamá cruzó los brazos.
—Mi padre siempre dijo que la casa debía quedarse con sus descendientes.
Eleanor asintió.
—Correcto.
Mi madre sonrió.
Demasiado pronto.
—Entonces no hay nada más que discutir.
—Sí lo hay —respondió Eleanor—. Porque Emily también es descendiente de su padre.
Mamá soltó una carcajada.
—Es una muchacha de veintidós años que vivió aquí porque él sintió lástima.
Eleanor la miró durante varios segundos.
—Margaret, su padre nunca sintió lástima por Emily.
Se acercó a mí.
—La amaba.
Aquellas palabras casi me hicieron llorar.
Pero todavía no era momento.
Papá señaló la escalera.
—No vamos a quedarnos aquí escuchando sentimentalismos. Los trabajadores están cobrando por hora.
Eleanor sacó un documento.