—Sigue oliendo a él.
Asentí.
—Sí.
—Antes me parecía horrible.
—Lo recuerdo.
Bajó la mirada.
—Fui una idiota aquel día.
—Bastante.
Se rio.
—Gracias por no suavizarlo.
Nos sentamos junto a la ventana.
Y por primera vez le conté cómo había sido crecer con el abuelo.
Cómo me enseñó a plantar tomates.
Cómo me llevaba a la biblioteca todos los sábados.
Cómo aprendió a trenzarme el cabello viendo a una vecina.
Cómo guardaba monedas en un frasco para comprarme un pastel cada cumpleaños.
Brianna escuchó sin interrumpir.
Después dijo:
—Me perdí todo eso.
—Sí.
No intenté consolarla con una mentira.
—Pero todavía podemos contarnos nuestras historias.
Sonrió.
—Me gustaría.
Con el tiempo hice algunos cambios en la casa.
Reparé el techo.
Renové la instalación eléctrica.
Convertí una habitación pequeña en un estudio donde podía trabajar.