Siempre pensé que la confianza era algo que se entregaba y se cuidaba.
Ahora entendía que, cuando se mezclaba con dinero y dependencia, también podía convertirse en un riesgo.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté.
—Seguimos el procedimiento legal. No lo confrontes con acusaciones que todavía no podamos demostrar. Conserva todos los mensajes y no entregues más documentos. Si hay indicios suficientes, las autoridades determinarán qué ocurrió.
Acepté.
Quería respuestas, pero no iba a conseguirlas poniendo en peligro mi propia posición.
Una semana después, Santiago volvió a mi casa.
Esta vez llegó solo.
No traía flores ni una disculpa preparada. Tenía el rostro cansado y sostenía una carpeta bajo el brazo.
Abrí la puerta, pero no me aparté inmediatamente.
—¿A qué vienes?
—Necesito hablar contigo.
—Puedes hablar desde ahí.
Bajó la mirada.
—Mamá, lo del fideicomiso se salió de control.