Aquella tarde, mientras Patricia comenzaba a revisar los documentos, recibí un mensaje de Santiago.
«Mamá, tenemos que arreglar esto antes de que se complique».
Lo leí dos veces.
No mencionaba la cena.
No preguntaba cómo estaba.
No se disculpaba.
Solo quería arreglar aquello que podía complicarse.
Le respondí:
«Estoy revisando los documentos con mi abogada. A partir de ahora, cualquier asunto financiero se tratará por escrito».
Su respuesta llegó casi inmediatamente.
«¿De verdad vas a hacerle esto a tu propia familia?».
Dejé el teléfono boca abajo.
Durante años, esa frase habría bastado para hacerme sentir culpable.
Esta vez no.
Durante los siguientes tres días, Patricia reconstruyó los hechos.
El fideicomiso no se había constituido de manera definitiva, pero el documento presentado al banco parecía haber servido para iniciar trámites y solicitar información sobre algunos de mis activos.
Había además una solicitud de actualización de datos financieros que yo tampoco recordaba haber presentado.