PARTE 2: LA FIRMA QUE NUNCA PUSE – BOGHTAT

En la primera página aparecía mi nombre completo.

Elena Salazar.

Debajo figuraba una fecha de cuatro meses atrás.

Recordaba perfectamente aquel día. Había ido a una notaría para actualizar mi testamento y revisar los documentos de una pequeña propiedad que Rafael y yo habíamos comprado décadas antes.

Pero aquello era diferente.

El documento parecía autorizar la transferencia de ciertos activos a un fideicomiso familiar. También otorgaba facultades de administración a un tercero.

Y ese tercero era mi hijo, Santiago.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Verónica juntó las manos.

—Si el documento fuera válido, podría concederle facultades sobre determinados bienes incluidos en el fideicomiso. Pero hay algo que nos preocupa.

Me mostró la última página.

La firma se parecía a la mía.

Demasiado.

Sin embargo, yo sabía que no la había escrito.

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