Aquellas palabras me dolieron más que el mensaje de mi hijo.
No por la cena.
Sino porque, después de quince años pagando cuentas, resolviendo problemas y rescatándolos de sus propias decisiones, todavía consideraban que mis sentimientos eran una molestia.
Emilia, que había permanecido callada, levantó la cabeza.
—Mamá, ¿por qué le dijiste a la abuela que no fuera?
Fernanda se quedó inmóvil.
—Eso es asunto de adultos, cariño.
—Pero la abuela me prometió que vendría.
La niña apretó su conejo de tela contra el pecho.
Me agaché junto a ella.
—Mi amor, tú no tienes la culpa de nada.
Le di un beso en la frente y le pedí que fuera a la sala a elegir una película.
Cuando desapareció por el pasillo, Santiago se inclinó hacia mí.
—Necesitamos que reactives los pagos. Hay facturas que vencen hoy.
—¿Y qué pasó con tu sueldo?