Mientras tanto, mantuve canceladas las 174 autorizaciones de pago.
No todas las obligaciones de Santiago desaparecieron. Algunas estaban a su nombre y debía negociarlas con sus propios acreedores. Otras dependían de contratos que exigían procedimientos específicos para terminarlos.
Pero ya no se descontaban automáticamente de mis cuentas.
Por primera vez en quince años, mi pensión y mis ahorros volvieron a estar destinados a mi propia vida.
Pagué las reparaciones de mi casa que llevaba años posponiendo. Retomé mis clases de pintura. Viajé con dos amigas a Querétaro y compré un abrigo sin preguntarme si después necesitaría ese dinero para cubrir otra emergencia de mi hijo.
Descubrí algo que había olvidado:
Ayudar a alguien puede ser un acto de amor.
Pero sacrificar la propia seguridad para evitar que otro afronte sus responsabilidades no siempre es amor. A veces es una costumbre que termina perjudicando a todos.