La mujer se sentó frente a ella, nerviosa.
—No sé por dónde empezar —confesó.
Phoebe le acercó una taza de café.
—No necesita resolver toda su vida hoy. Empecemos por lo que necesita esta semana.
Mientras la escuchaba, comprendió que aquella era la clase de riqueza que nunca había sabido medir.
La posibilidad de ayudar sin controlar.
De acompañar sin humillar.
De dar sin exigir que alguien se hiciera pequeño a cambio.
Al terminar la reunión, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Spencer.
He cometido muchos errores. Ahora entiendo lo que perdí. ¿Podemos hablar?
Phoebe leyó el mensaje dos veces.
No sintió rabia.
Tampoco alegría.
Solo una distancia tranquila.
Escribió una respuesta breve:
Espero que aprendas de lo ocurrido. Para los asuntos del divorcio, por favor, comunícate con mi abogada. Te deseo lo mejor.
Después dejó el teléfono boca abajo y volvió a su trabajo.