Mariana sintió que las lágrimas amenazaban con aparecer.
No quería llorar.
No quería que unas palabras bonitas borraran la mentira.
—Me pediste que confiara en ti mientras tú decidías qué partes de tu vida podía conocer.
—Lo sé.
—Yo no tenía dinero para perder. No tenía un apellido poderoso que me protegiera. Si tú hubieras decidido marcharte mañana, yo habría seguido aquí, con mis deudas y mis vacas.
Daniel bajó los ojos.
—Tienes razón.
—Y aun así me dejaste creer que éramos iguales en una cosa que importaba: que ninguno de los dos tenía una fortuna escondida.
Él levantó la mirada.
—No puedo cambiar lo que hice. Pero puedo darte toda la verdad a partir de ahora. Y si decides que no quieres seguir casada conmigo, respetaré tu decisión. No utilizaré mi dinero para obligarte a quedarte.
Mariana lo observó largamente.