Daniel cerró los ojos.
—Aquí está todo.
Mariana se acercó.
—¿Puedes demostrar que él lo hizo?
—No por estas cartas únicamente. Necesitaré comparar los registros y conseguir declaraciones de los empleados. Pero ahora tengo por dónde empezar.
Guardaron la caja en el trineo.
Cuando regresaron al rancho, Daniel colocó los documentos sobre la mesa.
Mariana preparó café y le dejó espacio para trabajar.
Durante toda la tarde, él revisó las cuentas y organizó las pruebas.
A medianoche, levantó la cabeza.
—Mariana, quiero que sepas algo.
Ella dejó la taza.
—¿Qué?
—Si consigo recuperar el control de la empresa, no voy a pedirte que abandones este rancho para vivir conmigo en una mansión. No voy a decidir dónde debes vivir ni qué debes hacer.
Mariana lo miró con cautela.
—¿Y qué quieres?
Daniel sostuvo su mirada.
—Quiero que podamos elegir juntos. Si decides quedarte aquí, te ayudaré a que el rancho prospere. Si algún día quieres conocer otros lugares, iremos. Pero no quiero que sientas que mi dinero te obliga a aceptar nada.