Él bajó la cabeza.
—Tienes razón.
El jinete desmontó.
—Señora, su esposo no es un simple trabajador que perdió su carreta. Es el propietario de Olmos y Rivas, uno de los aserraderos más grandes de la región. También tiene tierras, participaciones en varios negocios y contratos para suministrar madera a las compañías ferroviarias.
Mariana sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cuánto dinero tiene? —preguntó, sin apartar los ojos de Daniel.
El jinete se aclaró la garganta.
—No podría darle una cifra exacta. Pero podría comprar este rancho veinte veces sin quedarse sin dinero.
El silencio que siguió fue más duro que cualquier tormenta.
Mariana miró las botas gastadas de su marido, el abrigo remendado y la mano que todavía llevaba una cicatriz de la caída.
Después recordó las semanas durante las cuales había compartido con él la última hogaza de pan, había lavado su camisa junto a la de su padre y había contado las monedas para comprar harina.