No llevaba joyas caras ni un bolso de diseñador.
Tenía el cabello recogido de cualquier manera y los ojos hinchados.
Abrí la puerta, pero no me aparté inmediatamente.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
—Puedes hablar desde ahí.
Khloe bajó la cabeza.
—Julian se fue.
No respondí.
—Se llevó algunas cosas y me dijo que todo esto era culpa tuya. Que habías destruido nuestra vida porque nunca soportaste verme feliz.
La miré sin decir nada.
—Pero ahora sé que estaba mintiendo —continuó—. Encontré los estados de cuenta. Vi cuánto dinero te enviaba. Y encontré los mensajes que le mandaba a un amigo suyo sobre la solicitud del préstamo.
Levantó los ojos.
—Sabía que la casa no era suya. Sabía que tú nunca habías autorizado nada.
Sentí una punzada de decepción.
—¿Y aun así te quedaste?
Khloe comenzó a llorar.
—Sí.
La sinceridad de su respuesta me sorprendió más que cualquier excusa.