Él se rio.
Creía que aquellos tres años acabarían conmigo.
Lo que ignoraba era que, tres días antes de la sentencia, había firmado un poder especial para que Gabriel Sarmiento administrara mis intereses empresariales.
Gabriel era su peor enemigo.
Y tenía una razón para odiarlo.
Todo había comenzado el día de mi cumpleaños.
Regresé temprano a casa con un reloj de ₱2.8 millones que había comprado para Adrian.
En la entrada encontré unos tacones rojos.
Eran de Bianca.
Yo misma se los había regalado.
Subí pensando que preparaban una sorpresa.
Pero al acercarme a nuestra habitación escuché:
—¿Y si Elena llega temprano? —preguntó Bianca.
—No llegará antes de las siete —respondió Adrian.
Abrí la puerta.
Mi mejor amiga estaba en nuestra cama, usando la camisa de mi esposo.
Al día siguiente inicié los trámites de separación.