—No hay un día que no me arrepienta de no haber podido volver antes.
Mariana respiró profundamente.
—No sé si podremos recuperar lo que perdimos.
—No te lo pediré.
—Pero sí quiero verte.
Gabriel cerró los ojos.
—Estaré aquí.
Cuando Mariana viajó a Querétaro, Valeria la acompañó.
El encuentro fue doloroso.
No hubo música ni una reconciliación perfecta.
Hubo preguntas difíciles, recuerdos que ambos habían guardado durante décadas y silencios que ninguna disculpa podía llenar.
Pero también hubo algo que nunca habían perdido por completo.
La posibilidad de escucharse.
Durante horas hablaron de su juventud, de los lugares que habían visitado juntos y de la hija que habían perdido.
Gabriel no intentó justificar su silencio.
Mariana no fingió que los años de sufrimiento habían desaparecido.
Ambos comprendieron que reencontrarse no significaba recuperar el pasado.
Significaba decidir qué hacer con el tiempo que aún tenían.