En cuanto a la deuda de Javier Morales, Alejandro jamás volvió a pedirle un solo peso.
Los tres mil ochocientos dólares terminaron depositados en un fondo que Valeria creó en memoria de su padre para ayudar a estudiantes que necesitaban continuar sus estudios después de perder a un familiar.
No era una forma de saldar una obligación.
Era una manera de transformar una pérdida en una oportunidad para alguien más.
En la placa que colocaron en la entrada del pequeño programa de becas, Valeria escribió una frase tomada de la última carta de Javier:
«El amor no es una deuda que se liquida. Es algo bueno que recibimos y que podemos elegir compartir».
Años más tarde, cuando Sofía ya era una adolescente, solía contar que su familia había comenzado con una invitación a cenar.
A veces olvidaba los detalles.