Ella miró hacia la mesa donde había dejado la fotografía de su padre.
—En los tres mil ochocientos dólares.
Alejandro sonrió.
—¿Todavía piensas en esa deuda?
—A veces.
—¿Y qué sientes?
Valeria reflexionó durante unos segundos.
—Que pasé tanto tiempo intentando pagarla que no me di cuenta de que mi padre me había dejado algo mucho más importante.
—¿Qué cosa?
Ella tomó su mano.
—La oportunidad de aprender que no todo lo que recibimos tiene que devolverse con dinero. Algunas cosas se honran viviendo bien.
Alejandro la besó en la frente.
—Creo que a Javier le habría gustado escuchar eso.
Valeria sonrió.
—Probablemente habría respondido que lo importante era que no quemaras los hot cakes.
Ambos comenzaron a reír.
Y mientras la música llenaba el jardín, Valeria comprendió por fin el verdadero significado de aquella primera noche.
Había llegado a la mansión convencida de que debía pagar una deuda.