Era una copia de una transferencia bancaria.
Después mostró una segunda hoja.
Y una tercera.
—Mi mamá siempre me dice que no debo revisar las cosas de los adultos —explicó—. Pero también me dice que, si alguien está haciendo daño a otra persona, debo pedir ayuda.
Me miró durante un instante.
Sus ojos estaban húmedos.
Entonces comprendí que, por mucho valor que estuviera demostrando, seguía siendo un niño de diez años que había tenido que soportar demasiado.
—Hace tres meses, papá me llevó a su oficina —continuó—. Me dijo que podía jugar en la sala de reuniones mientras él terminaba de trabajar.
Julian apretó los puños.
—Noah, basta.
Mi hijo siguió hablando.
—Había una impresora encendida. Salieron unos papeles con mi nombre y el de mamá. Yo pensé que eran documentos del divorcio, porque papá siempre dice que no tiene tiempo para nosotros por culpa de esos papeles.