En la última página había una fotografía de aquella misma mañana.
Noah aparecía frente a su tarta, con chocolate en la mejilla y una sonrisa enorme.
Debajo escribí:
«No tienes que ser fuerte todo el tiempo. No tienes que resolver los problemas de los adultos. No tienes que hacer nada extraordinario para merecer amor. Eres mi hijo, y eso siempre será suficiente».
Noah leyó la nota en silencio.
Después me abrazó con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
—Mamá, ¿puedo decirte algo?
—Lo que quieras, cariño.
Me miró a los ojos.
—Cuando le di la caja a papá, pensé que si todos conocían la verdad, él volvería a ser como antes.
Sentí que se me encogía el corazón.
—¿Y ahora qué piensas?
Noah miró el álbum.
—Ahora sé que no puedo obligarlo a cambiar. Pero tampoco tengo que fingir que no me hizo daño.