Nunca olvidé aquellas palabras.
Un domingo por la tarde, varias semanas después de aquella noche, encontré a Camila sentada en el jardín, dibujando junto a la fuente.
Me acerqué y observé su hoja.
Había dibujado una casa enorme, un árbol y tres personas tomadas de la mano.
—¿Quiénes son? —pregunté.
Camila señaló a las figuras.
—Mi mamá, yo y una persona que aprendió a escuchar.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y quién es esa persona?
Me miró con una pequeña sonrisa.
—Todavía no sé si usted ya aprendió del todo.
Solté una carcajada que llevaba semanas sin sentir.
—Me parece justo.
Camila volvió a dibujar.
Yo permanecí unos minutos a su lado, escuchando el agua de la fuente y el sonido de los pájaros en los árboles.
Durante años había creído que mi legado sería la empresa, las propiedades y el dinero que algún día dejaría a mis herederos.