Pero no aparté la mirada.
—Mañana, nuestros abogados y auditores revisarán cada operación. Cualquier irregularidad se entregará a las autoridades correspondientes. No voy a destruir pruebas ni a presionar a nadie para protegerte.
—¿Vas a denunciar a tu propio hijo?
La pregunta salió de sus labios como si yo acabara de traicionarlo.
Me acerqué a la ventana.
Abajo, las luces de los jardines iluminaban el camino de piedra que conducía a la entrada.
Pensé en Rosa, que llevaba tres meses esperando un salario que ya se había ganado.
Pensé en Camila, una niña que había tenido que reunir el valor que todos los adultos de aquella casa parecían haber perdido.
Y finalmente contesté:
—Voy a dejar de proteger las mentiras que te están destruyendo.
Aquella noche nadie durmió en la mansión.
Los abogados llegaron antes del amanecer. Se preservaron los registros financieros y se inició una auditoría independiente. Mi equipo confirmó que los salarios de Rosa se habían desviado mediante autorizaciones fraudulentas y que otras operaciones también requerían investigación.