—Quiero que vengas a mi despacho. Ahora.
—Por supuesto. ¿Ocurrió algo?
Miré por el ventanal. Desde allí podía ver los jardines perfectamente iluminados, la fuente central y los automóviles estacionados frente a la entrada.
Todo parecía estar en orden.
Pero aquella noche había descubierto que el lujo también podía servir para esconder la miseria.
—Ricardo, ¿cuándo fue la última vez que le pagaste a Rosa Hernández?
Hubo un silencio.
Breve, pero suficiente.
—Señor, precisamente estaba revisando ese asunto. Hubo unas inconsistencias administrativas y…
—Te hice una pregunta sencilla.
—Hace unas semanas se procesó una parte del pago.
—¿Una parte?
—Sí, señor. Debe de haber algún retraso bancario.
Cerré los ojos.
Era exactamente la misma mentira que Rosa había escuchado durante tres meses.
—Te doy diez minutos para que estés aquí con todos los comprobantes de nómina, las transferencias y los registros de los últimos seis meses.