La niña me estudió con una seriedad que no correspondía a su edad.
—¿Y tampoco le van a hacer daño por decir la verdad?
Miré a Rosa.
Comprendí que aquella mujer había tenido miedo no solo de perder su sueldo, sino también de perder el único trabajo que mantenía a su hija.
—No —respondí—. Te doy mi palabra.
Camila asintió lentamente.
Por primera vez, sus hombros dejaron de estar tan tensos.
Entonces escuchamos unos tacones descendiendo por la escalera.
—¿Qué está pasando aquí?
Valeria apareció en el último escalón.
Llevaba un vestido color marfil, unos pendientes de diamantes y una copa de agua en la mano. Su expresión cambió cuando vio a Rosa y a su hija en el salón.
—¿Por qué sigue aquí el personal? —preguntó—. Ya es tarde.
—Porque tenemos un problema que necesito resolver contigo.
Valeria me miró.