Por primera vez, dejamos que nuestro hijo se hiciera responsable de su propia vida.
Daniel empezó a visitarnos de nuevo, pero al principio siempre llamaba antes de venir.
No volvió a pedirnos que le cediéramos la casa.
Tampoco volvió a cambiar el código del portón.
Un domingo, tres meses después de aquella tarde, lo encontré en el jardín ayudando a Elena a podar las rosas.
Me quedé observándolos desde la terraza.
Mi esposa se reía de algo que él había dicho.
Hacía mucho tiempo que no la escuchaba reír así.
Cuando Daniel terminó, se acercó a mí.
—Papá, quiero pedirte perdón por lo que hice.
No dije nada.
Él continuó:
—No solo por los documentos ni por el código. Por hacer sentir a mamá que ya no tenía un lugar en su propia casa.
Miró hacia el jardín.