Y también había pasado su vida preguntándose por qué ciertos documentos de su adopción estaban incompletos.
Cuando hablamos por primera vez por videollamada, ninguna de las dos supo qué decir.
Ella me miró durante varios segundos.
Después se llevó una mano a la boca.
—Tienes los ojos de la mujer de la fotografía —susurró.
Yo empecé a llorar.
—Creo que podríamos ser hermanas.
No nos abrazamos inmediatamente ni fingimos que treinta y seis años de separación podían desaparecer en una sola conversación. Acordamos realizar las comprobaciones necesarias y avanzar despacio.
Cuando finalmente obtuvimos confirmación mediante pruebas genéticas y revisión documental, nos reunimos en persona.
Sarah me abrazó en la entrada de una pequeña cafetería.
Y yo lloré como no había llorado desde la muerte de mi madre.
No porque de repente tuviera todas las respuestas.