Cuando llegué, me entregaron una copia de un documento de nacimiento con varias anotaciones manuscritas.
El nombre de mi madre aparecía allí.
También aparecía el nombre de una segunda bebé.
Sarah Margaret.
No era una prueba definitiva de que aquella mujer fuera mi hermana, pero era el primer indicio verificable de que la historia que me habían contado podía estar incompleta.
Comenzamos a buscarla.
Descubrimos que una niña había sido adoptada legalmente por una familia de otro estado poco después de nacer. Los documentos no explicaban por qué se había producido aquella separación, pero incluían una fecha que coincidía con la de la fotografía.
Con el tiempo, y respetando los procedimientos legales y la privacidad de las personas involucradas, logramos localizar a una mujer que podía ser Sarah.
Tenía treinta y seis años.
Vivía a cientos de kilómetros de mí.