—¿Y también te prometió que yo no sobreviviría al accidente?
Dina comenzó a llorar.
No supe si sus lágrimas eran de arrepentimiento o de miedo.
—Yo no te empujé al lago —susurró—. ¡Te lo juro! Hisham me dijo que habías perdido el equilibrio. Después me pidió que guardara silencio.
—¿Y le creíste?
Dina no respondió.
Entonces me reveló algo todavía más inquietante.
La noche anterior al accidente, Hisham había recibido una llamada de un hombre que trabajaba para una de las empresas familiares. Después de aquella conversación, había dicho que necesitaba recuperar unos documentos antes de que yo hablara con mi abuelo.
Dina no sabía si aquel hombre había participado en lo sucedido en Fayum.
Pero conocía su nombre.
Y cuando lo pronunció, comprendí que la investigación apenas estaba comenzando.
Era el nombre de uno de los empleados de mayor confianza de mi abuelo.