Pero la sorpresa más grande estaba en la última página.
Era un documento con mi firma.
O, al menos, eso parecía.
Autorizaba la transferencia de una parte de mis bienes personales a una sociedad cuyo nombre no reconocía.
Lo examiné detenidamente.
—Yo nunca firmé esto —dije.
El abogado levantó la mirada.
—Entonces tendremos que verificar su autenticidad.
Recordé que, antes del accidente, había dejado varios documentos sin firmar en el despacho de la villa.
Alguien había podido utilizarlos para preparar una falsificación.
Y si los especialistas confirmaban que mi firma había sido falsificada, Hisham tendría que responder por ello.
Pero todavía faltaba una pieza del rompecabezas.
¿Quién lo había ayudado?
La traición de Dina
Esa misma noche, Dina entró en mi habitación sin llamar.
—Tenemos que hablar —dijo.
Yo estaba sentada junto a la ventana.
—¿Sobre qué?