Martha también comenzó a buscar ayuda para dejar de fumar. Por primera vez, reconoció que su hábito no era simplemente una costumbre que los demás debían tolerar, sino una dependencia que necesitaba afrontar.
No todo se arregló de inmediato.
Emma tardó tiempo en volver a confiar plenamente en su abuela. Jack dejó de quedarse a solas con ella durante un tiempo. Y Mike tuvo que aceptar que proteger a su madre de la soledad no podía significar ignorar los límites que necesitábamos para proteger a nuestros hijos.
Un domingo por la tarde, varios meses después, encontré a Martha sentada en el jardín, con su vieja taza roja entre las manos.
No había ningún cigarrillo.
Emma estaba a su lado haciendo los deberes y Jack le enseñaba un dibujo.
Me acerqué sin hacer ruido.
—¿Cómo va todo? —pregunté.