—¿Es mi hermano? —susurró.
Nadie pudo responderle inmediatamente.
Lucía se sentó frente a nosotros.
—Hace años sospeché que algo había ocurrido en el hospital. Daniel tenía una marca de nacimiento en el hombro que no coincidía con la que me habían descrito. Intenté averiguar qué había pasado, pero me dijeron que los registros estaban correctos.
Me miró directamente.
—Yo nunca supe que te habían entregado a mi hijo, Mariana. Te lo juro.
Le creí.
No porque una desconocida pudiera borrar el daño, sino porque su dolor era tan verdadero como el mío.
—¿Dónde está Daniel ahora? —pregunté.
Lucía miró el reloj.
—En la escuela. Volverá dentro de una hora.
Sentí que el mundo entero se reducía a esa frase.
Una hora.
Después de ocho años de preguntas que ni siquiera sabía que debía hacer, estaba a una hora de ver a mi hijo biológico.