Sentía ternura por ella.
No era ingenua por haber amado.
No había sido tonta por confiar.
La responsabilidad de las mentiras pertenecía a quien las había elegido, no a quien había creído en ellas.
Una tarde, Emiliano me preguntó:
—Mamá, ¿te arrepientes de haberte casado con papá?
Me quedé pensando.
—Me arrepiento de las mentiras que vivimos. Me arrepiento de las veces que no pude decidir porque alguien me ocultó la verdad. Pero no me arrepiento de haberte tenido a ti.
Mi hijo sonrió.
—¿Y quieres a papá?
Miré a Mauricio, que estaba en el jardín arreglando una silla.
—Lo quiero. Pero aprendí que querer a alguien no significa aceptar todo lo que hace.
Emiliano asintió lentamente.
—Creo que eso es importante.
—Lo es.
Aquella noche, después de cenar, encontré una nota sobre la mesa.
Era de Mauricio.
«Gracias por darme la oportunidad de demostrarte quién soy cuando ya no tengo nada que ocultar.