Lo hizo porque, después de tantos años viviendo una vida inventada, quería dedicar parte de su tiempo a algo real.
Nuestra relación seguía siendo complicada.
Había días en que una llamada inesperada o una respuesta demasiado vaga despertaban mis sospechas.
Mauricio había aprendido a no exigir que yo superara esas reacciones inmediatamente.
A veces hablábamos durante horas.
Otras veces necesitaba espacio.
Y, en algunas ocasiones, seguíamos discutiendo.
Pero ya no utilizábamos a Emiliano como mensajero ni le pedíamos que guardara secretos.
Teníamos cuentas transparentes, documentos compartidos y acuerdos claros sobre nuestro futuro.
Lo más importante era que yo había dejado de sentirme obligada a permanecer en el matrimonio solo porque llevábamos muchos años juntos.
Podía elegir quedarme.
También podía elegir marcharme.
Esa libertad cambió la manera en que nos relacionábamos.