—Quiero que respondas a todas mis preguntas —dije—. No me importa si la respuesta te hace quedar mal. No vuelvas a mentirme.
Mauricio asintió.
—Lo haré.
—¿Cuándo pensabas decirme la verdad?
Se quedó mirando sus manos.
—El día de nuestro décimo aniversario.
Solté una risa amarga.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque tu madre acababa de enfermar y no quería añadirte más preocupaciones.
—Después murió mi padre. ¿También esperaste porque yo estaba triste?
Mauricio cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y después?
—Después me acostumbré a mentir.
La respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—¿Te acostumbraste?
—Al principio tenía que pensar cada palabra. Después se volvió una rutina. Aprendí qué decir cuando me preguntabas por el trabajo, cuánto dinero llevaba en la cartera y por qué no podía aceptar ciertos empleos.
Se le quebró la voz.